Estuve todo el día de excursión por Tokyo con Yoshi, el japonés al que conocí en la Art Performance del día anterior.

Yoshi ha estudiado y vivido 25 años en USA, es “Management Engineer” y tiene 61 años,que no aparenta. Le gusta el flamenco, y cuando digo le gusta, me refiero a que canta y baila en parques en Tokyo. Está casado con una americana de origen polaco. Se fue a Estados Unidos, según me contó porque estaba cansado de darse golpes en la cabeza con los marcos de las puertas y eso que yo diría que no pasa del 1,80 de altura pero si que es más alto que la media japonesa significativamente.

Como yo no tengo móvil, el mío no funciona en Japón por cuestiones tecnológicas, quedamos en un sitio muy concreto del andén de una estación.

Fuimos a visitar Akihabara, barrio de la electrónica; la experiencia totalmente diferente de ir solo: los precios se pueden regatear y te enteras de las ofertas que hay, vamos que sabe uno lo que está viendo. Sólo Olimpus y Pentax ofrecen productos “non only Japan”, que además permiten configurar los menús para que no salgan en japonés, ni Sony, ni Panasonic que eran las marcas que había mirado algo en España daban esa opción. Una pena porque he descubierto que la lente de mi cámara esta sucia por dentro (otra vez) y cuando hago fotos con mucho zoom se ven unas manchitas. Quizás en Hong Kong.

Luego paseamos por la zona de tiendas de Anime, pe ro no había mucho movimiento de gente y en las tiendas todos los comics están envueltos así que apenas estuvimos 5 minutos en una tienda.

Pasamos por un mercado de comida, a ver las paradas, había muchísima variedad y rarezas como unas vieiras del tamaño de mi mano. La fruta, no sé si lo he mencionado en otro post pero carísima, 2000 Yenes los melocotones. Salvo la piña y el plátano y alguna cosilla más el resto en esos niveles, eso sí las cerezas del tamaño de pelotas de golf casi.

De ahí a Ueno a visitar el Museo de Arte de Tokyo donde tampoco había muchas traducciones al inglés pero que vale la pena visitar.

Fuimos a comer a Asakusa, a un restaurante típico japonés de esos de mesita baja y donde se supone que comes con las piernas flexionadas pero que tiene truco hay un hueco debajo de la mesa para meter las piernas. Probé el Unagi, ánguila, que estaba muy buena.

Unagi: Tatsumiya restaurant

Unagi: Tatsumiya restaurant

Después de comer, y con un calor bastante sofocante fuimos a ver un templo budista donde Yoshi me contó algunas cosas de ese culto y participé de muchas de las supersticiones que lo conforman, como frotarse con humo de un inciensario para sanar esa parte del cuerpo.

Después probé el granizado japonés de limón, hielo picado en el momento al que le añaden jarabe del sabor que gustes.

Para acabar la tarde fuimos a pasear por un barrio residencial de casitas unifamiliares donde compré con ayuda de Yoshi, como si no!!!!, detergente para hacer la colada.

La verdad es que nos hemos reído mucho comentando temas tanto de Japón como de España y hemos quedado que cuando vaya a España para estudiar flamenco el próximo año nos veremos en Barcelona. ¡Así lo espero!

Por la noche fui a Roppongi, zona de ocio, pero que por ser el festival Obon,  lo cual no supe hasta el día siguiente, estaba bastante desierta. Cené en un italiano, porque los restaurantes japoneses que había eran carísimos, del orden de 70-100€,  sin ser nada del otro mundo e incluso los precios de la carta estaban sólo en japonés. Había un mirador al que no subí porque el cielo estaba muy nublado e igualmente no iba a poder ver mucho, hoy martes volveré que además parece que el cielo está despejado.