El tren a Anantapur, contra todo pronóstico, salió puntualmente de Mumbai. Gracias a los pasajeros del pre-paid taxi que aguardaban la cola y me dejaron colar y los esfuerzos del conductor del taxi pude llegar a la estación a tiempo aún cuando resultó que la estación no estaba tan cerca del aeropuerto como Google Maps decía (queda para revisión). Cruzamos Mumbai en 45 minutos. También allí otros taxistas a pesar de estar en la cola del pre-paid taxi te intentan timar ofreciéndote aire acondicionado por un dinero extra. De verdad que con la prisa que llevaba me hicieron enfadar bastante.

La llegada a la estación fue lo más parecido a una zona de guerra que he visto. Un parking enorme y embarrado, con un montón de gente que no iba de viaje, iba de mudanza y cruzado a toda velocidad por rickshaws, los taxis no podían entrar más allá de la mitad.

Encontrar el andén fue fácil con las indicaciones de la gente. Encontrar el vagón fue harina de otro costal. Primero porque el tren era el más largo que he visto nunca, tenía 23 vagones.

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El número de mi vagón no venía en el billete sino que había que consultar unas listas que había en el tablón de anuncios del andén y en la entrada a cada vagón. Mi vagón resultó ser de los primeros del tren pero como yo venía desde el final, la pateada con la maleta en volandas, para esquivar a la gente, fue considerable. Localizado el vagón para saber la litera había que ver el listado y allí Milan me ayudó porque no era nada intuitivo. Milan además me aconsejó una película que tengo que ver cuando vuelva a España: ZINDAGI NA MILEGI DOBARA (No tendrás una segunda vida), que trata de tres indios que vienen a España de despedida de soltero.

Hasta que arrancó el tren el pasillo era un ir y venir constante de vendedores ambulantes ofreciendo agua, té, refrescos, comida y chucherías.

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Las literas son cómodas y las sábanas estan limpias. El lavabo da bastante repelús, tiene water al estilo asiático, o sea, sin taza, que va a parar a las vías directamente.

He podido dormir bastante bien durante unas buenas siete u ocho horas, aunque me he tenido que despertar a abrir a un pasajero que subía de madrugada.

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Poder ver las zonas rurales, con la gente trabajando en los campos, los pueblecitos cercanos a las vías del tren y el bullicio de las estaciones ha sido muy interesante y totalmente diferente de las ciudades que había visto hasta ahora.

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Aunque se ven mendigos, tqmbién se ve un ambiente menos deprimente y más equilibrado que en las ciudades.

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Aún así hay bastante suciedad, incluso las papeleras del tren los responsables de la limpieza las han vaciado en las vías. Es como una cadena, alguien lleva la basura hasta las vías, alguien la saca de la estación, alguien la saca del pueblo…

Nada que ver con el oasis que la Fundación Vicente Ferrer tiene en Anantapur. A la llegada te asignan un pequeño bungalow con baño, ventilador y las comodidades que puedes esperar de un modesto resort, sin lujos pero muy acogedor y funcional. El agua caliente funciona con energía solar. Por cierto que Sassi, el coordinador de la atención a visitantes, te recibe en correctísimo castellano y habla un más que decente catalán.

Un rato para refrescarse y dar un pequeño paseo por la zona antes de la charla con Anna Ferrer para conocer las directrices del funcionamiento de la fundación. Sólo os adelanto que ya quisieran muchas empresas funcionan de una manera tan organizada.

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