De camino a Mysore desde Hassan se encuentra el pequeño pueblo de Shravanbelgola donde se encuentra la que se supone es la estatua monolítico más grande del mundo, que mide 25 metros de alto.

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Iluso de mí, pensaba que el autobús que tomaba me llevaba hasta la cima de la colina donde estaba la estatua. Para colmo de males, el revisor del bus, que normalmente suele avisar de donde es tú parada, sobretodo si te ve pálido y mirando en cada parada si es donde te tienes que bajar, esta vez se olvidó y me pasé de parada con lo que me dejó entre dos paradas. Por suerte había rickshaws cerca y enmendé el problema rápido.

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La subida a la estatua era por unas escaleras de piedra, desiguales y empinadas como ellas solas en las que la gente se sentaba a descansar. Además de la subida había que sumar el calorcito bueno que pegaba con lo que llegué a la cima bañado en sudor.

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Dentro del templo, la estatua recibía todo tipo de ofrendas: flores, cocos y por supuesto rupias que un sacerdote recogía. Lo curioso es que por algunas ofrendas el sacerdote daba un recibo. Supongo que sería para la declaración de Renta. Si vuelvo a subir, pregunto…

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El sacerdote que había me hizo todo el ritual y me plantó mi primer bindi (el punto en la frente de los hindúes del viaje) que quedó un poco desmerecido porque aún sudaba.

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En el camino de bajada una familia me pidió que les hiciera una foto y cuando les pedí el e-mail para mandársela me dieron la dirección postal, la tecnología no ha llegado por igual a toda la India…

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Ya abajo fui a comprar un plátano para recuperar fuerzas. Mientras lo compraba una chica joven, delgada como no os podéis imaginar y con un niño en brazos se acercó para pedirme dinero. Desde que estoy en la India me he propuesto no dar limosna, porque conociéndome sé que sería el cuento de nunca acabar además de que no creo que solucione el problema. Pero en este caso, le pedí al tendero que le diera una manzana. El tendero cogió una manzana superpequeña y se la ofreció a la chica y yo agarré la más grande que ví y le dije que mejor esta otra. El señor me dijo que valía 25 INR y yo le dije que vale. El señor entonces cogió el plátano que ya me había cortado lo guardó y me lo cambió por otros dos plátanos que la verdad eran más apetecibles y me dijo que eran de regalo. La verdad aún no sé como interpretar el gesto pero me hizo sentir bien, aun sin haberlo entendido.

Como el último bus para Mysore salía antes de las 15h y mi sed de conocimientos de los templos jainíes estaba saciada tomé el siguiente bus para Mysore.