Un dia de lo más variopinto. La mañana ha empezado a las 5:45 regateando con el conductor del rickshaw que me ha llevado del hotel a la parada del bus. Me decía que el siguiente bus pasaba en una hora y cuarto y que me llevaba por 200 rupias, adicionales a las 50 que le había pagado, a la estación central. Total que acepto y por el camino nos hemos cruzado con cinco autobuses que el tio me decía eran autobuses locales lo cual por supuesto no habiendo desvios en la carretera no podía ser cierto. Así que cuando hemos llegado en lugar de pagarle las 200 acordadas, después de decirle el “you don’t cooperate” (slogan de la campaña antiestafa a los turistas) y de que el tipo se tronchara de la risa le he pagado 150 más haciendo que me devolviera las 50 que ya le había dado. En la mayoría de ocasiones no se trata del dinero sino del hecho de que te tomen el pelo, te hagan perder el tiempo o ambos.

De ahí a Kovalom, un pueblecito pequeñito de playas paradisíacas lleno de sastrerías que te hacen la ropa en una hora o te arreglan lo que te compres en cinco minutos. No entiendo porque este tipo de servicio no existe en España, es de lo más práctico en todos los aspectos.

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Eso sí las calles donde están son de lo más estrecho que he visto. Y hay también multitud de centros de masaje ayurvédico y hoteles de todas las categorías como corresponde a un lugar de veraneo turístico. Y con vendedoras de fruta por todo el paseo marítimo:

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En Kovalom las turistas se atreven a ponerse el bikini y darse un chapuzón en el mar a pesar de los mirones.

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En el restaurante donde he comido he conocido a Paco, un valenciano que hace dos años que vive en Kerala. Está encantado de la experiencia más con todas las noticias que le llegan de España. Comenta que se puede vivir la mar de bien por 100 euros al mes, en una casita independiente con su parcelita. Se saca un dinerillo vendiendo productos de Ayurveda y organizando tours de vacaciones y poniendo en contacto a empresas esapañolas e indias. El problema es renovar el visado que le cuesta un pastón, por lo demás vive bien y sin demasiadas preocupaciones.

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Por cierto que el menú ha sido de lujo, una langostita (aquí no son muy grandes), gambas y calamares…creo que no voy ni a cenar…

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El viaje en autobús hacia Kanyakumari ha sido de lo más divertido. El taxista que me ha llevado ha hecho parar el autobús que se me escapaba, por dos veces, porque mientras sacábamos la maleta el autobús volvía a arrancar. Prácticamente ha subido la maleta él al autobús.

A medio camino, la parte de la carrocería que va alrededor de la rueda se ha soltado en alguno de los baches. No hemos pinchado porque el conductor ha parado enseguida. Para repararlo, el comité de sabios que viaja en todo autobús indio se ha organizado y se han puesto manos a la obra.

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Han ido a un taller cercano les han pedido las herramientas y un par se han puesto a pegar martillazos con uno de ellos debajo del autobús hasta que han soltado la pieza del todo. Si quieres que algo se haga, hazlo tú mismo…

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La pausa me ha venido genial para cambiar de agua al canario, en plena calle, por primera vez en muchos años pero ya se sabe…allá donde fueres haz lo que vieres….

Y la última anécdota del día, por el momento al menos, ha sido cuando el autobús ha hecho una pausa que se suponía era de cinco minutos y que quería aprovechar para comprar agua. La pausa no ha durado ni un minuto y el autobús arrancaba cuando me he dado la vuelta, buscando donde comprar el agua, y me he subido de nuevo prácticamente con el autobús en marcha y mientras dos pasajeros me llamaban a gritos, por el que parece es el nombre que tenemos aquí todos los extranjeros: “Aló, aló!”.

Bueno, pues las aventuras continuan. No sé por qué motivo pero todo el tráfico en nuestro sentido de la marcha se ha parado. Para colmo de males, y puede que tenga relación, el bus ha quedado justo delante de un templo que está en plena celebración de alguna ceremonia y tras los cánticos de los sacerdotes ahora llevan ya más de 15 minutos con un repetitivo “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna, Hare, Hare”.

Obviamente lo de hoy es una prueba de paciencia y determinación. Lo que está claro es que ya no llego a mi destino antes de la puesta de sol como era mi intención.

Pero por mucho que escribo y me río no se me pasa la sed. Tiene gracia también que esto me pase el día que los musulmanes celebran el Ramadán, el final del mes de ayuno. Al menos ya sé lo que es el no beber agua en medio día, en mi caso comer si he comido y abundantemente, lo cual creo que no ayuda precisamente.

Y ya en Kanyakumari, y con un litro de zumo de mango en el cuerpo, la odisea de buscar hotel. Cuatro he tenido que visitar para encontrar uno en el que no hubiera bichos en la habitación y tampoco me cobraran un precio excesivo para pagar la comisión al taxista. Y eso que he tirado de Lonely Planet…tienen que actualizar un poco las críticas porque los hoteles en cuanto se ven listados allí suben precios y descuidan aspectos importantes.